martes, 15 de marzo de 2011

PARAMO DE SANTURBAN - COLOMBIA (I)


A SAN ANTONIO DE CALIFORNIA
“Souvenirs de piedra”

Hace muchos años, cuarenta o más si la memoria no me falla, comencé a oír el nombre de ese pueblo enclavado en las montañas de la cordillera Oriental en Santander.

Por  esos  tiempos, en mi población natal, para mediados de junio, los dueños de autobuses programaban romería a esa localidad y con un cartelito pegado en el parabrisas delantero del carro lo anunciaban.

La estrategia cumplía su cometido y no solo habitantes del casco urbano se le median a la aventura, sino también muchos labriegos y finqueros por donde transitaban los carros.

Revisando información en la actualidad, confirmo que es el 13 de junio el día de San Antonio de Padua, patrono de la población, que hay un Pozo con ese nombre, que existe un manto “sagrado” y otros elementos de leyenda, que cumplen además del templo, similar propósito de peregrinación.

Por esos días el pueblito se viste de fiesta, jolgorio y hasta recogimiento, pues al Santo le creen y mucho, por eso su fama en las provincias adyacentes desde tiempos inmemoriales.

El cuento lo traigo a colación ahora que del mismo se habla con insistencia en casi todos los medios del país, por aquello de la explotación minera de oro y plata a gran escala en sus alrededores.

Pues resulta que en aquel entonces ese viaje de nuestro padre se esperaba con ansia, era lógico, siempre nos traía algunos recuerdos maravillosos para nuestra curiosidad de chiquillos,  en especial “piedras… piedras de San Antonio de California…"

Esos pétreos souvenirs de color gris profundo, con incrustaciones brillantes y más duras que alma de viejo tacaño, se convertían luego en decoración de salas, pisapapeles según su tamaño y objeto de bruscos juegos por parte de la chiquillada de cada hogar.

Y digo bruscos, porque nos encantaba darle porra para sacarle chispas, eso nos hacía felices hasta que nos cansábamos o nos llamaban a cenar o a dormir, luego las famosas piedras, dormían su sueño inerte,  hasta que alguna otra tarde las encontrábamos en el desván o cuando comenzaban a hablar de la peregrinación al año siguiente.

Hoy después de tantos años con el retorno de mis recuerdos a la infancia y las alarmantes noticias que hacen del pueblito de San Antonio y claro sus vecinos, que casi nadie los nombra, como Vetas, Suratá, Tona o Matanza, pienso si el santo en mención no puede hacer el milagrito para que se tome la mejor decisión, que de verdad no se cual sea ,o si explotación a gran escala con responsables a bordo o en pequeña proporción en medio de ilegalidad y más perjuicios, pues lo cierto es que tanto los unos como los otros utilizan cianuro, explosivos y no se cuantos contaminantes más.

Espero que el paso del tiempo otorgue sabiduría a quienes en sus manos o mentes tienen el poder de decidir, para no dañar nada y a nadie, y que el brillo del vil metal no sea la ruina de toda una delicada zona de páramo y el fin de toda esa comunidad, que en cierta medida ha logrado convivir en paz consigo mismo y con la naturaleza.

Mientras, seguiré buscando en la vieja casa las famosas piedras de la infancia, tengo rato en esa tarea, pero nadie me da razón de ellas, seguramente alguna señora del aseo las tiró quien sabe donde.

Lástima, pensar que esas diminutas incrustaciones brillantes, hacen o hacían parte del oro y la plata, que se han formado a través de millones de años en las entrañas de Santurbán y alrededores.

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