Por culpa de Santurbán
La historia de estas tierras del Gran Santander siempre nos ha mostrado hermosas páginas por interesantes, encantadoras, increíbles, fantásticas, insólitas, crueles, cómicas, raras y hasta exóticas.
Basta con hurgar en los recovecos del tiempo para encontrar hechos y personajes que han marcado diferencia y que por eso aún se recuerdan.
Uno de esos momentos y vaya momento, es el llamado “Pamplonilla La Loca”, en referencia al desenfreno, guardadas proporciones a la historia de Sodoma y Gomorra de la Biblia, vivido hace un par de siglos y aunque muchos no lo crean “por culpa de Santurbán”
Es que esas montañas, desde tiempos inmemoriales, han retado a la raza humana con sus no despreciables riquezas, especialmente el oro y la plata, de las cuales ya sabían y muy bien nuestros antepasados “Los Chitareros”.
Por eso se me antoja decir que ese es EL DORADO, el que tanto buscaron españoles y otros conquistadores o el que ahora aman hasta el delirio multinacionales con nombres encarretadores como Greystar.
Pero volviendo al tema propuesto inicialmente, el de Pamplonilla La Loca, hay que decirlo que no se trató de ninguna vieja desvergonzada, ni menos de alguna matrona deschavetada, no, simplemente fue el apelativo perfecto para toda una época de libertinaje, impudicia, indecencia y todos los sinónimos habidos y por haber.
Es casi igual a lo que ocurre en nuestro tiempo con la bonanza de dineros fétidos del narcotráfico, sobre el cual giran todos los males de la humanidad, prostitución, asesinatos, corrupción, robos, licor, pillaje, drogas, en fin.
Si, en esos lejanos años, todo el oro y la plata que daba Santurbán, generaron como hoy, imagino, todos esos cuadros de prepagos, sicariato, borracheras o drogadicción, así las trabas fueran a punta de chimú.
Dicen los cronistas, que los caminos para llegar del interior del Nuevo Reino de Granada a las tierras de Pamplona, Cúcuta o lo que ahora es la Bolivariana de Chávez, pasaban por esos contornos de lo que hoy está en la picota pública.
Señalan además, que por donde transitaban las recuas de mulas, se encontraban las piedras con pepitas de oro. Conseguir el metal sin duda era más fácil que un tinto bien caliente al remontar esas cimas de la Cordillera oriental.
Y el centro de acopio o de comercio o de relaciones áureas se localizaba en Pamplona, la población enclavada en el Valle del Espíritu Santo y donde tenían asiento las grandes familias, incluyendo las que estaban en “la mamazòn” del virreinato.
Entontes, traten amables lectores de recrear en sus mentes lo que ocurrió en aquel entonces.
Se me antoja algo así como un pueblo del viejo oeste norteamericano, al estilo que nos lo hicieron creer las viejas películas de vaqueros, pero no bajo el calcinante sol sino en medio de tupida neblina y menos con Saloon para pedir un whisky, tal vez oscuras cantinas con burbujeantes moyas repletas de chicha y guarapo.
Es allí, en esas grandes casonas de tapia pisada, junto a frías y místicas callejuelas, pues ya Pamplona era eje de curas y obispos para toda la provincia, los buenos y malos negocios, transacciones de todos los pelambres y riqueza fácil para unos y otros, encontraban el perfecto caldo de cultivo para dar rienda suelta a lo inimaginable de la época.
Pero como nada es eterno, algún buen día todo llegó su fin, encontrar oro y plata con las facilidades narradas, simplemente se convirtió en leyenda y la tecnología de entonces ayudaba muy poco, por eso la gran riqueza se fue diluyendo entre las gotitas de rocío paramunas y otras necesidades o atracciones forjaron las tierras de entonces.
La minería, pero en otro nivel, se fue asentando en los pueblos del cuento, ya señores con empresas comenzaron distintos y motivantes senderos en el negocio, más formales si se quiere y ciudades como Bucaramanga desbancaron a la fría Pamplona y esos años de vagabundería se quedaron en los suspiros de las rezanderas de la época y los sueños de los muchachos desbocados.
Y todo por culpa de Santurbán, el páramo, el nudo, el Midas de la naturaleza, El Dorado que tanto buscaron los antepasados y que por fin lo encontró una empresa canadiense y que desde hace rato está en el lugar.
Pamplonilla La Loca quedó atrás, ahora tenemos otra Pamplonilla un poco más cuerda pero con protagonistas mas o menos moldeados como los de aquel entonces, solo que algunos usan saco y corbata, otros andan en camionetas de vidrios oscuros, los demás le rezan al Niño Huerfanito o al Señor del Humilladero, para luego pecar con el nenerío que pulula en las calles o calmar su sed en algún bar de mala muerte por los lados del Camellón.
Los demás tienen la mirada puesta en esas montañas, a la espera de nuevas noticias, afirmativas o negativas sobre el Proyecto Angostura, o sea el mismo que a fin de cuentas le vamos a echar la culpa del desarrollo o la destrucción.

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